¿Qué significa realmente que un ecosistema funcione?

Todos hemos utilizado alguna vez una expresión parecida.

Este ecosistema funciona.

Este río funciona.

Este bosque funciona.

Este acuario funciona.

La frase parece sencilla.

Tan sencilla que rara vez nos detenemos a pensar qué significa realmente.

Sin embargo, cuando intentamos responderla aparecen más preguntas de las que esperábamos.

Porque la naturaleza no siempre coincide con nuestras expectativas.

Un ecosistema puede parecer desordenado y funcionar perfectamente.

También puede parecer saludable mientras algunos de sus procesos comienzan a deteriorarse.


Funcionar no significa estar quieto

Cuando imaginamos un ecosistema estable solemos pensar en algo inmóvil.

Algo que permanece igual.

Sin cambios.

Sin sorpresas.

La realidad suele ser bastante diferente.

Los ecosistemas funcionan precisamente porque cambian.

La materia orgánica se transforma.

Los nutrientes circulan.

Los organismos nacen, crecen y mueren.

Las comunidades evolucionan.

Las relaciones cambian constantemente.

Nada permanece completamente inmóvil.

Y aun así, el sistema continúa funcionando.


Funcionar no significa ser perfecto

Existe otra idea muy extendida.

La de que un ecosistema funcional es un ecosistema perfecto.

Sin algas.

Sin hojas en descomposición.

Sin agua turbia.

Sin cambios visibles.

Sin embargo, muchos ecosistemas naturales muestran exactamente lo contrario.

La naturaleza rara vez busca la perfección visual.

Lo que parece importante es que los procesos continúen desarrollándose.

Que la energía siga circulando.

Que los nutrientes sigan moviéndose.

Que las relaciones ecológicas continúen existiendo.


Los ecosistemas transforman continuamente materia y energía

Una de las características fundamentales de cualquier ecosistema es que nada permanece completamente aislado.

La luz solar se convierte en biomasa.

La biomasa se transforma en alimento.

La materia orgánica vuelve al sistema.

Los microorganismos participan en su transformación.

Los nutrientes regresan al ciclo.

Lo que observamos como elementos independientes suele formar parte de procesos mucho más amplios.

Por eso resulta difícil comprender un ecosistema observando únicamente piezas aisladas.


Las relaciones importan tanto como los organismos

Cuando pensamos en un ecosistema solemos imaginar especies.

Árboles.

Peces.

Aves.

Plantas.

Hongos.

Pero quizá lo más importante no sean los organismos por separado.

Quizá sean las relaciones que existen entre ellos.

Un ecosistema no es una colección de seres vivos.

Es una red de interacciones.

Alimentación.

Competencia.

Refugio.

Descomposición.

Reciclaje.

Cooperación.

Gran parte de lo que llamamos funcionamiento ecológico emerge precisamente de esas relaciones.


La resiliencia también forma parte del funcionamiento

Las perturbaciones forman parte de la naturaleza.

Sequías.

Inundaciones.

Tormentas.

Incendios.

Cambios estacionales.

La cuestión no es evitar completamente las alteraciones.

La cuestión es cómo responde el sistema.

Muchos ecosistemas funcionales no destacan por evitar los cambios.

Destacan por su capacidad para absorberlos y continuar funcionando después.

Esa capacidad recibe el nombre de resiliencia.

Y probablemente constituye una de las características más importantes de los sistemas maduros.


Lo que vemos y lo que ocurre

A menudo evaluamos un ecosistema a partir de aquello que resulta visible.

El aspecto del agua.

La presencia de vegetación.

La actividad de los animales.

Y aunque esas observaciones son importantes, no siempre reflejan todo lo que está ocurriendo.

Gran parte de la actividad ecológica permanece oculta.

Sucede en el suelo.

En los sedimentos.

Entre raíces.

Dentro de comunidades microbianas invisibles.

Muchas veces los procesos más importantes son precisamente los que menos llaman la atención.


Una pregunta interesante

Cuando afirmamos que un ecosistema funciona, ¿qué estamos diciendo realmente?

¿Que tiene buen aspecto?

¿Que mantiene determinados parámetros?

¿Que los organismos sobreviven?

¿O que las relaciones que sostienen el sistema continúan desarrollándose?

Probablemente la respuesta incluya un poco de todo.

Pero cuanto más estudiamos la naturaleza, más evidente parece una idea.

Los ecosistemas no funcionan porque cada una de sus piezas sea perfecta.

Funcionan porque las relaciones entre esas piezas continúan funcionando.

Y quizá ahí resida una de las definiciones más interesantes de todas.


Referencias y lecturas relacionadas

  • Odum, E. P. & Barrett, G. W. Fundamentals of Ecology.
  • Margalef, R. Perspectives in Ecological Theory.
  • Chapin III, F. S., Matson, P. A. & Vitousek, P. M. Principles of Terrestrial Ecosystem Ecology.
  • Begon, M., Townsend, C. & Harper, J. Ecology: From Individuals to Ecosystems.
  • Holling, C. S. (1973). Resilience and Stability of Ecological Systems.
  • Levin, S. A. (1998). Ecosystems and the Biosphere as Complex Adaptive Systems.

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